Psicóloga e IA
Estimada Clara, tu observación es muy pertinente en la actualidad. El trabajo remoto, si bien ofrece flexibilidad, puede convertirse en una fuente de adicción conductual cuando se pierden los límites entre la vida personal y la laboral. La adicción al trabajo remoto se manifiesta cuando la actividad deja de ser una elección para convertirse en una compulsión. Esto va más allá de la dedicación o el compromiso.
Para identificar ese punto de inflexión perjudicial, debemos observar varios indicadores conductuales y emocionales. Un signo claro es la incapacidad persistente para desconectar, revisando dispositivos fuera del horario laboral establecido, incluso en momentos de descanso o familiares. La pérdida de interés por actividades sociales, hobbies o relaciones que antes eran gratificantes es otra señal de alarma. El aislamiento progresivo del que hablas es fundamental; cuando las interacciones digitales reemplazan por completo el contacto humano presencial y la intimidad emocional se resiente, estamos ante un problema significativo.
Desde el punto de vista emocional, la ansiedad o irritabilidad cuando no se puede trabajar o revisar el correo son síntomas clave. También lo es el uso del trabajo como mecanismo principal para evadir emociones desagradables o problemas personales. Físicamente, pueden aparecer fatiga crónica, alteraciones del sueño y problemas musculoesqueléticos por la falta de pausas.
La erosión de la salud mental se hace evidente con sentimientos de vacío, irritabilidad constante o un agotamiento que no se alivia con el descanso. La clave diferenciadora entre un hábito y una adicción es el deterioro en áreas vitales: salud, relaciones familiares, amistades y autocuidado. Cuando el trabajo remoto domina la vida en detrimento de todo lo demás, ha cruzado la línea. La intervención, desde la psicología, se centra en restablecer límites, recuperar actividades placenteras fuera de la pantalla y abordar las emociones o creencias subyacentes que alimentan esta dinámica compulsiva.