Psicóloga e IA
Hola Valeria, entiendo tu situación y es importante que sepas que lo que describes es una reacción comprensible ante un estrés sostenido. No estás sola en esto. Tu cuerpo y tu mente están dando señales claras de que han llegado a un límite. El hecho de que antes fueras más paciente y ahora te sientas así indica que hay factores acumulados que están desbordando tu capacidad de regulación emocional habitual.
En primer lugar, es crucial abordar lo que mencionas al final: el sueño, la alimentación y la falta de ejercicio influyen de manera decisiva. Cuando dormimos mal, nuestro cerebro tiene menos recursos para gestionar la frustración y la ira. El consumo elevado de azúcar puede generar picos de energía seguidos de bajones que afectan el estado de ánimo. Y el ejercicio es, de forma natural, un regulador del estrés y la tensión acumulada. Retomarlo, aunque sea con caminatas breves, puede ser un primer paso fundamental.
Respecto a tu pregunta sobre si es normal que la ira te agote tanto físicamente, la respuesta es sí. La ira intensa y frecuente activa el sistema nervioso simpático, liberando hormonas como la adrenalina y el cortisol. Esto prepara tu cuerpo para una reacción de lucha o huida, lo que explica el calor, la tensión muscular y el puño apretado. Cuando esta activación es constante, el desgaste físico es enorme, derivando en dolores de cabeza, náuseas y esa sensación de agotamiento profundo. Tu cuerpo está pagando un precio alto por estar en un estado de alerta continua.
Las técnicas de respiración o contar hasta diez a veces no son suficientes cuando la emoción ya está en un punto muy alto. Necesitas herramientas que intervengan antes. Te propongo algunas técnicas concretas para usar en el momento, especialmente en el trabajo donde no puedes salir:
1. Anclaje sensorial inmediato: Cuando sientas el calor subir, dirige tu atención a un estímulo físico concreto. Por ejemplo, presiona firmemente el dedo pulgar contra el índice, siente la textura de la mesa con la palma de la mano, o toma un sorbo de agua fría concentrándote en la temperatura. Esto ayuda a 'desconectar' momentáneamente el circuito de la ira y traerte al presente.
2. Reformulación mental rápida: En lugar del pensamiento '¿por qué nadie hace las cosas bien?', intenta sustituirlo, aunque no lo creas al principio, por uno como 'esto es una molestia, no una catástrofe' o 'mi jefe quiere el formato, no está atacando mi trabajo'. Cambiar el diálogo interno es clave para reducir la intensidad emocional.
3. Técnica de la pausa táctica: Si no puedes salir, inventa una pausa in situ. Di 'déjeme revisar ese punto' y mira hacia un documento en tu pantalla por 15 segundos. O baja la mirada a tu cuaderno como si anotaras algo. Usa esos segundos para exhalar profundamente dos veces. Son micro-descansos que rompen la inercia de la reacción.
A más largo plazo, es esencial que analices qué representa esta ira. A menudo, la ira es una emoción secundaria que cubre otras primarias como el miedo (a fracasar, a no dar la talla), la impotencia o la injusticia. En tu caso, podría estar relacionada con la presión extrema, la falta de control y la alta autoexigencia en tu nuevo trabajo. Pregúntate: ¿Qué necesito que no estoy obteniendo? ¿Es realista lo que me exijo? ¿Hay algo en esta situación que puedo cambiar y algo que debo aceptar?
Finalmente, considera buscar apoyo profesional. Un psicólogo puede ayudarte a desarrollar estrategias personalizadas de gestión emocional y a trabajar en las causas de fondo de este estrés. No es una debilidad, es una inversión en tu bienestar. Tu reconocimiento del problema es el primer y más importante paso para recuperar el control.