Psicóloga e IA
Lucila, tu pregunta refleja un conflicto profundo y muy humano: el paso de una experiencia creativa liberadora a una fuente de autocrítica paralizante. Lo que describes no es solo sobre arte o técnica, sino sobre cómo la comparación y la búsqueda de validación externa han colonizado un espacio que antes era de autodescubrimiento. Vamos a explorar esto desde varias aristas, porque tu malestar tiene raíces emocionales, cognitivas y hasta existenciales.
Primero, es importante reconocer que lo que te ocurre es normal en procesos creativos prolongados, especialmente cuando el arte deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un espejo de tu autoestima. Al inicio, el taller fue un refugio porque te permitió expresar lo inexpresable, pero con el tiempo, el foco se desplazó: ya no se trata de lo que sientes al crear, sino de cómo se ve lo que creas en relación con los demás. Este cambio es clave. La terapeuta tiene razón en que el proceso importa más que el resultado, pero cuando la autoexigencia y la comparación toman el control, esa verdad se vuelve abstracta, casi inalcanzable. Es como si tu cerebro hubiera activado un "modo evaluación" permanente, donde hasta los colores de tu ropa o tus opiniones en una reunión pasan por el mismo filtro crítico que aplicas a tus obras.
La ansiedad física que mencionas -sudoración, tensión en el pecho, náuseas- no es casualidad. El cuerpo responde así porque, en el fondo, estás viviendo el taller (y ahora otros ámbitos) como un espacio de amenaza, no de seguridad. Tu sistema nervioso interpreta la posibilidad de "no estar a la altura" como un peligro real, igual que si estuvieras en una situación de supervivencia. Esto es típico cuando algo que nos importaba profundamente se contamina con miedo al juicio. La paradoja es que, al borrar tus publicaciones en redes o considerar abandonar el taller, estás reforzando esa sensación de amenaza: le estás diciendo a tu mente que el arte sí es peligroso, que sí hay algo de qué protegerte.
Ahora, hablemos de la comparación. Es un mecanismo humano básico, pero en tu caso se ha vuelto tóxico porque estás midiendo tu valor no solo contra otros, sino contra una versión idealizada de lo que "debería" ser el arte. Aquí hay dos trampas: 1) La ilusión de que existe un estándar objetivo de "buen arte" (cuando en realidad el arte es subjetivo y su valor radica en el significado personal y la conexión, no en la técnica perfecta). 2) La creencia de que los demás no duden, no sufran, no se sientan inseguros. Spoiler: todos en ese taller, incluso quienes admiras, tienen sus propias batallas con la inseguridad. La diferencia es que tú estás viendo solo el producto final de ellos, no su proceso interno de frustraciones y borrones.
Sobre la pregunta de cómo recuperar la confianza sin depender de la validación externa, hay varios caminos que pueden complementarse. Uno es redefinir qué significa para ti "hacer arte". Por ejemplo, podrías proponerle a la terapeuta (o a ti misma) un experimento: durante un mes, asistir al taller con la única regla de no juzgar lo que hagas. No importará si los colores "armonizan" o si la escultura se desmorona. El objetivo será sentir, no producir. Si surge la voz crítica, observarla sin seguirla, como si fuera un personaje molesto en una película: "Ah, ahí está otra vez la perfeccionista, pero hoy no la escucho". Esto no es fácil, pero con práctica, el "modo evaluación" pierde fuerza.
Otro enfoque es trabajar con la vulnerabilidad, no contra ella. Borrar tus publicaciones en redes fue un acto de protección, pero también un mensaje a ti misma de que tu arte no merecía ser visto. En lugar de eso, podrías compartir el proceso, no solo el resultado: fotos de tus bocetos, textos sobre lo que sentiste al crear, incluso las obras que consideras "fallidas". No para buscar likes, sino para normalizar la imperfección. Verás que hay una belleza en lo auténtico que resuena más que la técnica pulida. Además, esto puede ayudar a desmontar la idea de que tu valor como diseñadora gráfica depende de ser "la mejor". Tus clientes te eligen no porque seas perfecta, sino porque conectan con tu estilo, tu mirada. La "fachada" que mencionas es, en realidad, tu trabajo: algo valioso que has construido con esfuerzo.
También es crucial explorar qué hay detrás de este miedo a no ser suficiente. A tus 38 años, es probable que estés enfrentando preguntas sobre identidad, propósito o incluso envejecimiento (sí, aunque suene dramático, la sociedad nos bombardea con mensajes sobre "productividad" y "relevancia" que se filtran en nuestra autoimagen). El arte, en este contexto, puede estar actuando como un espejo de otras inseguridades más grandes: ¿Soy válida si no destaco? ¿Mi voz merece ser escuchada? ¿Puedo envejecer sin perder valor? Estas preguntas no se resuelven con técnica artística, sino con autocompasión y, a veces, con ayuda profesional para trabajar creencias profundas.
Sobre si abandonar el taller sería "huir del problema": depende. Si lo dejas desde un lugar de derrota ("no sirvo para esto"), sí, sería una evitación que alimentaría tu ansiedad. Pero si lo haces desde un lugar de autocuidado ("necesito un tiempo para reconectar con el arte sin presión"), podría ser una pausa saludable. El problema no es el taller, sino la relación que tienes contigo misma al crear. Podrías probar otras formas de expresión artística en solitario, sin comparaciones, o incluso cambiar de disciplina por un tiempo (escribir, bailar, cocinar) para romper el ciclo de autocrítica. Lo importante es no dejar que el miedo tome la decisión por ti.
Por último, un ejercicio concreto que puedes hacer: la próxima vez que sientas que una obra tuya es "inferior", pregúntate: ¿Qué me quería decir esta pieza cuando la empecé? No importan los errores técnicos; importa el impulso inicial, la emoción o el pensamiento que te llevó a crear. Reenfócate en ese diálogo interno. El arte como terapia no se trata de hacer cosas bonitas, sino de devolverte a ti misma. Y en cuanto a tu trabajo como diseñadora: los clientes que te valoran no lo hacen por perfección, sino por tu capacidad de resolver problemas con creatividad. Eso no es una fachada; es una habilidad real que has cultivado.
Para cerrar: lo que te pasa no es un fracaso, sino una señal de que estás en un umbral. El arte ya no te empodera como antes porque estás lista para un nuevo nivel de conexión contigo misma, uno que ya no depende de lo externo. Eso duele, porque implica soltar viejas identidades ("soy buena en esto" → "¿y si no lo soy?"), pero también es una oportunidad. La confianza no se recupera de la noche a la mañana, pero cada vez que elijas crear desde el corazón en lugar de desde el miedo, estarás reconstruyéndola.